David Jou: «La gran revolución debería ser humanística, no científica»

El físico y poeta David Jou ha defendido siempre la necesidad de diálogo entre ciencia, literatura y religión. Catedrático en la UAB, es autor de más de 1.300 poemas y, especializado en termodinámica, una de las personalidades más importantes en la física peninsular contemporánea. «La ciencia es un tipo de razón, pero no es la única razón», asegura.

Por FERRAN BENITO y BEATRIZ PÉREZ.

David Jou i Mirabent (Sitges, 1953) es físico, poeta y creyente, y asegura que ni la ciencia, ni la literatura ni la religión son excluyentes entre sí, por mucho que los problemas y las preguntas que plantean sean distintos. Consciente de la necesidad de que estos tres campos dialoguen los unos con los otros, en más de una ocasión se ha mostrado crítico con los científicos que sacralizan las leyes físicas al asegurar que la creencia en Dios no tiene por qué significar irremediablamente un desafío a la razón.

Este catedrático de Física de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) fue durante años colaborador del suplemento de Ciencia y Tecnología de LA VANGUARDIA. Además, ha publicado más de 1.300 poemas en diversos libros como A la deriva azul (1996), El éxtasis y el cáculo (2002) o Las escrituras del Universo (2007) y es autor de ensayos como Materia y materialismo (1999), El tiempo y la memoria en la ciencia contemporánea (2001), El laberinto del tiempo, la sinfonía de la materia (2006) y Dios, Cosmos, Caos. Horizontes del diálogo entre ciencia y religión (2008). Sobre su línea de trabajo y otras cuestiones habla ahora en COMBATE.

Su especialidad es la termodinámica. ¿En qué consiste y por qué le ha interesado?

Una de las cosas que me fascinan de la termodinámica es su capacidad de dialogar con todos los aspectos de la naturaleza. Cuando te ocupas de la física de las partículas, por ejemplo, ligas lo más grande con lo más pequeño, las partículas elementales y el cosmos, pero te olvidas de todo lo que hay en el medio. En cambio, con la termodinámica te interesas en efecto por lo más pequeño, a través de las colisiones de partículas elementales, y por lo más grande –en la medida en que la termodinámica de la radiación y el estudio de la materia oscura es fundamental para la descripción del universo–, pero al mismo tiempo es un campo que está en todas partes, siempre muy presente. Poder describir la naturaleza sin la necesidad de conocer todos los detalles microscópicos –que es lo que hace posible la termodinámica– me pareció especialmente atractivo. Así, la termodinámica nos permite describir tanto las estrellas y los planetas, como la meteorología o la oceanografía, entre otras cosas. Y además trabaja básicamente con solo dos grandes leyes: la ley de la conservación de la energía y la ley de aumento de la entropía o degradación de la energía. Con ellas propone una ordenación muy sutil del universo.

Usted tiene una fuerte presencia en la física peninsular contemporánea, y al mismo tiempo es autor de numerosos y reconocidos libros de poesía. En alguna ocasión ha dicho que dudó al elegir entre las ciencias y las humanidades. ¿Por qué se decantó finalmente por la física?

Por una cuestión de reversibilidad. Porque si me equivocaba, podía tirar atrás, y en cambio, si estudiaba literatura no podía tirar atrás, o solo muy laboriosamente. Una vez pierdes la práctica en el ejercicio de ecuaciones, del cálculo diferencial e integral, se hace muy difícil volver a la ciencia y recuperar todo esto. No es que sea imposible, pero requiere mucho más esfuerzo. En cambio, olvidar a los clásicos y revenir después a ellos resulta más factible.

Escuchándolo hablar, entran ganas de ponerse a estudiar física…

Es que es apasionante, yo lo recomiendo mucho. Porque propone un gran diálogo con la naturaleza: un diálogo matemático, pero también un diálogo metafísico. Algunas de las grandes cuestiones metafísicas que pone la física están relacionadas con el origen del universo, con los límites de la realidad, con la física cuántica, con la neurofísica… Muchos de estos problemas son los mismos que plantean los filósofos. No es que la física dé las respuestas, pero puede dialogar con la filosofía y ofrecer puntos de vista muy interesantes.

¿Qué le aporta su trabajo científico a su labor poética?

Bueno, es una fuente de inspiración y de confrontación con el mundo. Tengo un libro publicado, por ejemplo, que se llama Las escrituras del universo y en el que se ven algunas posibilidades de esta inspiración. Hay por ejemplo, un homenaje a Ramón y Cajal –quien descubrió las conexiones sinápticas del cerebro y que recibió en 1906 el premio Nobel por ello–, poemas sobre los orígenes de la vida, la tabla poética… Es un ejercicio de síntesis sobre cómo se ve el universo, cómo se ve el átomo y, en general, sobre cómo se ven los seres humanos a sí mismos en ese vértigo que los sitúa entre lo infinitamente grande y lo infinitésimamente pequeño. Son fuentes de inspiración diversas. Pero mi poesía es poesía total, no poesía sobre la ciencia, sino poesía sobre muchas cosas. Lo que pasa es que he publicado más de 1.300 poemas y, siendo así, por fuerza tienes que tratar de todo.

«Muchos de los problemas que plantea la física son los mismos que los de la filosofía. No es que la física dé las respuestas, pero puede dialogar con la filosofía y ofrecer puntos de vista muy interesantes»

Pero de algún modo, usted ha puesto de manifiesto puntos de unión entre la ciencia y las humanidades. ¿Cree que ello revela unas preocupaciones comunes? ¿Se plantean una y otra las mismas preguntas?

No necesariamente las mismas preguntas. Por ejemplo, la física y la cosmología religiosa se preguntas cosas diferentes. La cosmología física se pregunta de qué está hecho el mundo, cuáles leyes lo rigen, de qué modo está organizada la materia, cómo se han formado las galaxias… En cambio, la cosmología religiosa se pregunta por la existencia del mundo y por su sentido, y si fuera de esta realidad que estudia la física hay otra realidad, que podríamos llamar divina o bien de otro modo. Son, por lo tanto, distintas preguntas. Y sin embargo, las unas complementan las otras y a la inversa. Uno podría pensar, por ejemplo, que la materia es la única realidad, la realidad absoluta –lo que sería un modo posible de entender las cosas–. Pero en la física moderna, en cambio, puesto que se habla de materia y de antimateria, lo más lógico sería pensar que todo el universo está hecho solo de luz, porque la simetría entre materia y antimateria, al interactuar una y otra, las llevaría a desaparecer y dejar solo radiación, de modo que lo único que quedaría sería luz. Esto obliga a repensar el concepto de materia. Aquello que sin esta reflexión física podría parecer lo más obvio, lo más normal, lo que se impone al conocimiento, por mediación de la física se convierte en una sorpresa, en una pregunta en vez de una respuesta. Desde luego, esto no dice nada sobre las cuestiones metafísicas tradicionales, pero asombra: entra dentro del dominio de la sorpresa.

¿Hay una continuidad entre las cuestiones metafísicas tradicionales y la metafísica que propone la física actual?

En muchos sentidos, sí. Los físicos han reflexionado mucho sobre cómo sería el universo si las condiciones que han posibilitado su formación fueran un poco distintas, si la masa del electrón fuera por ejemplo distinta de la que es. Es decir: ¿por qué el mundo es así? La física no lo sabe. El mundo podría ser muy diferente. Y aquella cuestión filosófica que se planteaba por qué existe algo en vez de nada –pregunta complicada, porque nos lleva a preguntarnos cómo sería la nada, y no la podemos imaginar–, ahora la física se la plantea de otro modo más sencillo: ¿por qué existe este universo en vez –o además– de otro universo u otros universos distintos? Por otro lado, está el hecho de que hay sistemas físicos que son compatibles con dos metafísicas diferentes, como es el caso de la física cuántica, que puede acordarse tanto a una metafísica determinista pero no local como a una metafísica indeterminista.

Pero volviendo a los puntos de unión entre ciencias y humanidades, sí que hay unos temas comunes. Entre ellos, usted ha referido alguna vez, por citar alguno, al problema del tiempo. ¿Cómo abordan ciencias y humanidades estos sujetos comunes?

Básicamente, desde la multiplicidad de visiones. En humanidades, nuestra percepción del tiempo puede ser como flecha, como ciclo, o bien como puntos, es decir, como un conjunto de momentos importantes o excepcionales por unas determinadas razones. También puede reflexionarse sobre lo que es el tiempo desde la filosofía, planteando si el tiempo es una realidad o bien una condición del conocimiento que imponemos a una realidad que en sí mismo no tiene tiempo. Podría ser. Y todo esto son posibilidades de la física. La física describe un tiempo que podría ser reversible o irreversible, determinista o indeterminista, predictible o impredecible, en función de la teoría física desde la que se trabaje. En la física newtoniana, en su visión más clásica, se describía un tiempo reversible, determinista, predictible; en cambio la teoría del caos presenta un tiempo reversible, pero no predecible. El tiempo de la termodinámica, por otra parte, es irreversible, así como el tiempo de la vida también. Y se van poniendo allí una serie de cuestiones curiosas. Puede que el tiempo real pase a muchos ritmos diferentes; hay muchas relatividades del tiempo, no solo la einsteiniana. También está el tiempo de los relojes biológicos o la cronobiología: los relojes celulares, los relojes día-noche, los relojes vitales, cerebrales, y allí se plantea la cuestión de cómo se adaptan unos a otros. Por otro lado, la percepción del tiempo depende también de la emoción: en una situación de riesgo, la actividad del cerebro se acelera, lo que produce, curiosamente, que percibamos más lentamente la situación, porque cada segundo es vital para la supervivencia, mientras que cuando uno está más relajado, el tiempo pasa más rápido. Y están aún el tiempo de la evolución biológica, el tiempo de la destrucción orgánica y de la muerte o envejecimiento. Por allí la reflexión sobre el tiempo tiene una vertiente práctica muy importante. Y también la tecnología ha alterado nuestra percepción del tiempo de numerosas maneras: con las fotografías, que lo paralizan, con las máquinas frigoríficas, que retrasan la destrucción biológica, o incluso con las tarjetas de crédito, que permiten gastar un dinero que aún no se tiene. Todo ello interfiere con las visiones más humanísticas del tiempo.

«Ciencia y humanidades formulan preguntas distintas. Sin embargo, las unas complementas las otras y a la inversa»

Entre sus campos de investigación en el ámbito de la ciencia, se encuentra el de la física de los procesos biológicos, especialmente de los neurológicos, que son el sujeto de la actual neurociencia. ¿Cuándo empezó a interesarse por el cerebro humano?

Bueno, es un tema fascinante, pero en realidad lo que pasó es que me enviaron a explicar física para biólogos. Así como otras veces me han enviado a enseñar física cuántica en la facultad de filosofía, o actualmente física para ciencias de la alimentación. Y, realmente, que te envíen a enseñar física en la facultad de geología, o filosofía, o biología es muy enriquecedor, porque potencia aquel diálogo del que hablábamos. Porque la física que contarás a un biólogo es diferente de la que interesa a un geólogo y diferente de la que interesa a un filósofo. En principio, todo es igualmente atractivo, pero hay que ponerse en los intereses del otro para ver qué puede valer la pena destacar. Si vas a la facultad de filosofía, allí te preguntan si los principios de la física cuántica son kantianos o neopositivistas, y de este modo aspectos que en el campo de la física nunca te preguntas, te los planteas gracias a ellos. En biología surgen naturalmente cuestiones relacionadas con el cerebro, con el potencial de acción, así como con la evolución, lo cual es fascinante, porque incorpora una dimensión histórica o cronológica que habitualmente en la física no se tiene en cuenta.

En su trabajo, hace una analogía entre el cerebro humano y el universo. Afirma que en el universo hay 100.000 millones de galaxias y en el cerebro, 100.000 de neuronas. ¿Qué explica esto?

Después de haber dado un curso de doctorado sobre neurofísica y de haber impartido también cursos de cosmología, pensé que podría ser útil poner en común los conocimientos provenientes de uno y otro campo, porque normalmente sucede que los que explican neurofísica no explican cosmología, y los que estudian la cosmología en general tampoco no se preocupan por la neurofísica. Me pareció entonces que había sido una experiencia interesante que desvelaba algunos paralelismos. No se trataba tanto de dar los detalles concretos de su respectivo funcionamiento, como de darse cuenta de que el cerebro es mucho más complicado que el universo exterior, porque tiene el mismo número de elementos básicos, pero sus interacciones son mucho más diversas y complejas. En el universo, las galaxias se relacionan entre sí en función de la ley de la gravitación, que es una ley universal, pero en el cerebro las sinapsis pueden ser de distintos tipos, y pueden variar en función del tiempo y de las circunstancias. En el universo, por otro lado, todas las galaxias tienen intercambios recíprocos, pero en un sistema neuronal puedes tener una neurona que interactúe con solamente dos neuronas y otra neurona próxima que interactúe con 500 neuronas. Me interesaba particularmente, por lo tanto, ver hasta qué punto la mayor complejidad del cerebro con respecto al universo podía estar relacionada con la asombrosa capacidad del cerebro de comprender este universo que en principio no tendríamos necesariamente por qué comprender, que desde el punto de vista de la supervivencia no es en absoluto preciso comprender. Después me llamaron la atención algunos paralelismos y diferencias referentes a la estructuración de uno y otro, el hecho de que la estructura del universo sea bastante débil, mientras que la estructura del cerebro es de una enorme complejidad. Y resulta curioso el que haya también un Big Bang para uno y otro: hay cierto momento, en la formación del feto, en que se crean 250.000 nuevas neuronas cada minuto, lo cual es asombroso.

«La física no dice nada definitivo sobre las cuestiones metafísicas tradicionales, pero sus revelaciones asombran; entran dentro del dominio de la sorpresa»

Según Nature, en los países anglosajones un 25% de profesionales de la ciencia afirman creer, de alguna manera, en la existencia de un ser superior. Usted mismo es públicamente creyente y ha hecho de la fe un eje vertebral de su actividad literaria e intelectual. ¿Cómo se aúnan una y otra?

Preguntando, esencialmente. Es decir, preguntándose por la realidad. Lo que sucede es que hay experiencias que surgen de la sensibilidad, y son experiencias complejas. En mi caso, los orígenes de la religiosidad se encuentran por un lado en cuando era pequeño y me llevaban a la iglesia para participar en las ceremonias. Allí ves una cosa de tipo afectivo, de tipo sensorial, emotivo. Pero cuando creces, empiezan a entrar en juego cuestiones de tipo más racional, que te llevan a preguntar hasta qué punto aquello puede ser solamente una emoción sin un correlato real detrás. En aquella época estudiaba la historia de la filosofía, y allí se planteaba la cuestión del primer motor de Aristóteles, de la inteligencia o la razón como el gran motor del mundo. Y si entiendes a Dios no como desafío a la razón, sino como fundamento de la razón y del mundo –tal como lo entendían Aristóteles, Pitágoras o Platón, por ejemplo–, preguntarse por Dios no es preguntarse por un señor con barba, sino por la racionalidad más profunda del cosmos, tal como hizo Einstein.

Entonces, allí estaría el núcleo del debate entre razón y fe…

En parte. Después está la cuestión de la justicia; en este sentido, el cristianismo me parece muy interesante porque no es una religión individualista, sino que es una espiritualidad muy comprometida con la justicia. O que debería estarlo, lo cual lamentablemente no siempre sucede. Porque en la práctica, el cristianismo, y en general todas las religiones, se utilizan a veces para adquirir poder y controlar la sociedad. Frente a esto, el individuo busca defensas. Y una defensa es justamente la razón: si uno quiere imponerme algo, yo le pregunto por qué quiere imponérmelo. Este es uno de los puntos de debate entre razón y fe más interesantes: la razón que busca libertad frente a algo que se le impone por la fe. Pero eso no significa que la fe no sea atractiva. Desde mi punto de vista también hay un diálogo inverso, incluso cuando se hace ciencia. Porque cuando uno hace ciencia, toma unos determinados postulados en los que cree provisionalmente y gracias a esta creencia puede avanzarse y llegarse a un punto desde el cual se hace posible entender aquello en lo que antes solo se había creído. La ciencia no es lineal: puede serlo en los libros, pero no en la manera de hacerla ni en la manera de aprenderla. Pero el problema de la fe es que la creencia es su propio fundamento, y así puedes creer cualquier cosa. Y con qué pasión lo crees, y con qué ceguera, es una cuestión complicada, en la que conviene que haya elementos de precaución. La misma teología, que es una forma de pensar racionalmente sobre la fe, puede estar al servicio del poder para justificar que una determinada institución tenga mucho poder sobre la sociedad, o bien puede interesarse por cuestiones más abstractas: la racionalidad del mundo, la justicia, la solidaridad,…

«Si entiendes a Dios a la manera de Aristóteles, no como un desafío a la razón, sino justamente como fundamento de esta y del mundo, preguntarse por Dios es preguntarse por la racionalidad más profunda del cosmos»

La ciencia también se ha utilizado en ocasiones en perjuicio del propio ser humano, y muy especialmente en el siglo XX con la invención de la bomba atómica, las armas químicas… En su opinión, ¿qué responsabilidad tienen los científicos en todo esto?

Bueno, la tienen, desde luego. El científico muchas veces pretende no tenerla, pasando la responsabilidad a los políticos y a los tecnólogos, lo cual en parte es verdad. Los tecnólogos convierten las ideas generales en instrumentos y los políticos deciden luego cómo aplicarlas. En relación con las armas químicas o con la bomba atómica, es cierto que los científicos que habían hecho los descubrimientos que las hicieron posibles no tenían ninguna culpa, de ellos no dependía el uso que se hizo posteriormente de sus investigaciones. Pero hay casos en los que los científicos reciben efectivamente el encargo de estudiar aspectos que puedan tener aplicaciones estrictamente militares y agresivas, y allí hay serios problemas éticos. Lo que pasa es que la situación no siempre está tan clara. El ejército de los Estados Unidos, por ejemplo, es una de las grandes fuerzas impulsoras de la ciencia norteamericana mediante el encargo de numerosos trabajos de tipo muy general, incluso matemáticos de tipo abstracto. Porque saben que cualquier cosa puede utilizarse para bien o para mal, para atacar o para defender o para cualquier otra cosa. Así, teoremas complicadísimos que parecen totalmente abstractos son después la base de criptografías y guías de misiles. Por lo tanto, allí no se pide el estudio aplicado de unas armas concretas, sino que, puesto que saben que todo es susceptible de ser utilizado posteriormente para sus fines, financian simplemente el estudio científico. Y una buena parte de estos intereses también puede ser de conocimiento y utilidad pública. Participar en eso también tiene su parte positiva, es difícil establecer valoraciones tajantes.

En este sentido, ¿pueden las humanidades y la religión proporcionar a la ciencia una cierta ética?

Sí, en la medida en que plantean cuestiones distintas: la ciencia es un tipo de razón, pero no es la única razón. Y aún hay razones de otros tipos. La ciencia lo sabe perfectamente cuando pide subvenciones: allí entra en juego la razón política, que prioriza un determinado campo científico sobre otros, en función de por ejemplo unas ciertas necesidades sociales, considerando que es más importante desarrollar algún tipo de medicamento que llegar a la luna. El conocimiento se interesa por todo, pero las prioridades y las urgencias dependen de cuestiones más humanas. En muchas ocasiones he dicho que en realidad no haría falta ningún conocimiento más para que los que ya tenemos hicieran posible un mundo mucho mejor. La gran revolución tendría que ser humanística, no científica. Porque es el humanismo el que tendría que influir en las decisiones y prioridades de la política. Y no solo de los políticos, también de la misma gente: porque la gente exige una serie de cosas a los políticos pero no se las exigen a sí mismos. Y nos volvemos muy vulnerables a base de dar rienda suelta a deseos y caprichos que pueden estar bien, pero que muchas veces son innecesarios.

«El conocimiento, y más particularmente el conocimiento científico, se interesa por todo, pero las prioridades y las urgencias en su desarrollo dependen de cuestiones más humanas»

Hay en la sociedad actual una clara tendencia a dar prioridad al conocimiento práctico en detrimento del conocimiento teórico (incluido el científico). En España esto es especialmente evidente en los recortes de I+D+I, la aplicación del plan de Boloña o la nueva reforma educativa del PP, que convierte la filosofía en asignatura no obligatoria en bachillerato. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias para una sociedad que arrincona el saber de este modo?

A mí me parecen desastrosas. Hoy leía que en los últimos años se han reducido los presupuestos destinados a la investigación en un 33%. En cambio, ayer veía que, en relación con las obras del AVE, saldrán a licitación 1.400 millones de euros. Y no se acaba de entender. Porque el AVE se puede hacer más lentamente, no es necesario que se haga en un periodo de dos o tres años. En cambio, romper la investigación científica nos puede perjudicar muchísimo. Se han creado en las últimas décadas, por ejemplo, una serie de institutos que han atraído a mucha gente de fuera que pensaban que este era un país serio, y que si se formulaban unos ciertos compromisos sobre el desarrollo de ciertos proyectos estos se podrían realizar. Y esta gente ha traído mucho dinero a través de subvenciones de la Comunidad Europea destinados a la investigación. Si ahora todo esto se corta, esta gente se va a marchar, y todos estos institutos que funcionan muy razonablemente –o en algunos casos muy bien, hasta el punto de estar entre los cinco mejores del mundo en alguna especialidad– van a notar estas pérdidas, lo cual significaría un retroceso enorme. Y aunque posteriormente se vuelvan a ofrecer posibilidades de desarrollo, esta gente no va a volver.

 

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Acerca de Abad Husita

Teologo, Educador. Clerigo. Sacerdote Religioso Husita. Vivi hace muchos siglos, mi antecesor fue Juan Hus... y la Estrella de la Reforma... despues vino nuestro celebre Calvino.

Publicado el febrero 21, 2015 en Uncategorized y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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