Los nazis metidos en el Plan Cóndor

El famoso periodista Jon Lee Anderson ilustra en este texto las entrañas de un plan para desaparecer a los opositores de los regímenes de la botas en América Latina.

El escritor Jon Lee Anderson (California, 1957) es también un periodista especializado en zonas de conflicto y labora en la prestigiosa publicación estadounidense “The New Yorker”.

Jon Lee Anderson ha escrito un gran prólogo, que aquí reproducimos, para Cóndor, libro de fotografías del portugués João Pina, quien reúne la memoria de las víctimas del Plan Cóndor. En este texto, el periodista narra la complicidad de los verdugos con exnazis, el gobierno estadounidense y los regímenes latinoamericanos.

El Plan Cóndor llevaba activo casi cuatro años en secreto cuando en 1979 se filtró a la prensa la noticia de su existencia.

El famoso columnista norteamericano Jack Anderson, quien obtuvo una copia del informe secreto de manos del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos, escribió que el Cóndor funcionaba principalmente como “una organización que recaba información para seguir la pista a los exiliados ‘de izquierda’ y otros oponentes de las juntas en el poder” en el Cono Sur.

Pero el Cóndor tenía también escuadrones de la muerte, “equipos especiales de los países miembros cuya misión consistía en viajar a cualquier parte del mundo, inclusive a países no miembros, para ejecutar sanciones, entre ellas el asesinato, a los enemigos del Cóndor”.

Lo terrorífico es que el informe explica asimismo que los verdugos latinoamericanos del Plan Cóndor recibían apoyo de criminales de guerra nazis. “Antiguos oficiales de la Gestapo y las SS (Servicio de Seguridad Nazi)”, escribía, “les han enseñado técnicas de tortura e incluso participan en su aplicación”.

En aquel entonces, la idea de una alianza forjada entre los regímenes militares de derecha de América Latina, con el objetivo expreso de asesinar comunistas en sus respectivos países, sonaba a teoría de la conspiración, mientras que lo de los criminales de guerra nazis parecía algo casi fantástico, surgido de la imaginación febril de los guionistas de Hollywood.

Pero todo era cierto, y a principios de los ochenta, cuando empezaron a disminuir los asesinatos del Plan Cóndor, la operación se había cobrado ya unas 60.000 vidas.

Los años setenta fueron una época perturbadora en América Latina. Gran parte de la región estaba gobernada por una sucesión de regímenes militares de derecha, y constituía un puerto seguro para fugitivos internacionales de todo tipo, así como un reducto de filosofías repudiadas hacía mucho en otros lugares.

Solo habían transcurrido tres décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial y muchos exnazis habían encontrado refugio en la región. Había colonias de emigrantes alemanes exclusivistas en los países del Cono Sur y una red de personas, entre las que se contaban funcionarios del gobierno, que todavía comulgaba con los ideales del Tercer Reich.

En 1960, un equipo del Mosad (Agencia de Inteligencia Israelí) localizó y secuestró a Adolf Eichmann en Argentina. Lo llevaron ilegalmente a Israel, donde fue juzgado y condenado a la horca, pero otros criminales de guerra siguían en libertad. Uno de los peores monstruos de la historia, Josef Mengele, “El ángel de la muerte”, vivió feliz y en el anonimato en Brasil hasta su muerte en 1979 a causa de un accidente de natación.

En 1983, el infame oficial de la Gestapo, Klaus Barbie, también conocido como “El carnicero de Lyon”, que había vivido en Bolivia durante años sin ocultarse, fue arrestado y extraditado a Francia por órdenes de un presidente reformista.

Anteriormente, Barbie había trabajado como asesor de la policía secreta boliviana y, por tanto, gozado de la protección de toda una serie de dictadores militares de ultraderecha. (En 1977, durante un viaje que hice a La Paz, un veterano conocedor de Bolivia me llevó al Café La Paz, al que Barbie acudía a diario, y me lo señaló.)

En 1984, Walter Rauff murió en libertad, en el vecino Chile, a causa de una enfermedad. Como oficial de las SS, Rauff supervisó la producción y utilización de camiones de gas móviles en los que habían sido asesinados al menos a 100.000 judíos, entre otros, en las zonas ocupadas por los nazis en la Unión Soviética y Polonia. Rauff nunca tuvo remordimientos por sus actos y tampoco hizo ningún esfuerzo por ocultar su identidad.

Había otros como él, por supuesto, muchos otros. El hecho de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de ellos pudiese continuar su vida en América Latina sin miedo o castigo da fe del tipo de entornos políticos que allí encontraron. Esos entornos, en concomitancia con las desigualdades sociales y económicas, hicieron de gran parte del hemisferio un caldo de cultivo a partir de los años sesenta. El éxito de la revolución de Fidel Castro en 1959 en Cuba inspiró a toda una generación de jóvenes latinoamericanos a seguir su ejemplo y a tomar el poder en sus propios países. Con la ayuda de Cuba, los radicales políticos de izquierda de la región, desde Nicaragua hasta Bolivia, empezaron a llevar a cabo sus propias revueltas armadas.

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Estados Unidos, la superpotencia regional, respondió a aquellas amenazas con una lógica de guerra fría, incluso más amoral a partir de la entrada en escena de Fidel Castro y de Ernesto “wChe” Guevara. Temeroso de “otra Cuba”, especialmente después de la Crisis de los Misiles de 1962, el gobierno de Estados Unidos luchó para aislar a Cuba y dio apoyo a prácticamente cualquier régimen que abrazase principios anticomunistas. En términos prácticos, esto supuso a menudo la ayuda y la complicidad con los déspotas más asesinos. De manera perversa, algunos de ellos abrazaron ideologías políticas que se acercaban más a las de los fascistas que Estados Unidos había luchado por derrotar durante la Segunda Guerra Mundial que a los principios democráticos que esta nación decía defender.

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Publicado el febrero 11, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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